El viento soplaba con fuerza, balanceando con suma fiereza las ramas de los árboles del jardín. Sus ramas, chocaban con la vieja fachada de la villa de Beltane, mas, sin embargo, su interior parecía no estremecerse.
Sarah abrió los ojos precipitadamente al sentir como la sábana que ocultaba su cuerpo se había deslizado hasta el antiguo y crujiente parqué.
Fue entonces, cuando se percató de la tormenta. Se levantó con somnolencia, tomando del perchero una bata raída perteneciente a su abuela. Se la ató por la cintura y abrió los ventanales, dejando que las fuertes corrientes de aire azotaran su rostro. Separó sus labios, dejando que se humedecieran ante el contacto de las gotas de lluvia contra ellos.
Hacía tiempo que no se sentía tan viva, tan humana. Se desató la bata, dejándola caer por sus pálidos brazos, mostrando a las oscuras nubes su torso desnudo.
Los rayos tronaban con furia en las cercanías de la villa y Sarah se estremeció de placer. Cerró los ojos con una suave sonrisa en su rostro, intentando fusionarse de alguna manera con ellos. Ella también quería ser escuchada de la misma manera: quería chillar, destruir, ser la fuerza que sometiera a aquellos que se interpusieran en su camino. Quería ser la fémina que arrebatara el corazón de todos los hombres, que con una sola mirada, un simple pestañeo, cayeran a sus pies como si de plumas se trataran.
La tormenta empezó a amainar, las nubes desaparecieron lentamente del marco de la noche. La luna, comenzó a iluminar el averno, reemplazando a los caóticos truenos. Todo aquello que había seducido en cuestión de segundos a Sarah se había desvanecido.
A pesar de ello, continuó asomada por la ventana, observando el ancho horizonte, que parecía separar la realidad de la utopía. Junto a la tormenta, sus ávidos sueños también habían muerto. Parecía que, en su interior, su alma se había apagado una vez más.
Deslizó la mano por su costado hasta llegar a su pecho, sintiendo los frenéticos latidos de su corazón golpear su piel, como si quisieran escaparse junto con las nubes.
Inhaló la última brisa que aún se mantenía bajo el grisáceo escenario y cerró las ventanas, sintiendo las caricias de la madera astillada en las yemas de sus dedos.
Recogió la sábana del suelo y se deslizó en el viejo colchón, cerrando los ojos.
Un nuevo día jamás experimentado estaba por comenzar.
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